¿Mi voluntad o la voluntad del Padre?

¿Mi voluntad o la voluntad del Padre?

Has pronunciado en algún momento estas palabras: “Mi alma está destrozada de tanta tristeza, hasta el punto de la muerte…”, Mateo 26:38 (NTV).

¿Podrías creer que estas palabras fueron pronunciadas por Cristo antes de ser entregado para ser crucificado? Estas palabras salieron de la misma boca del que dijo a un leproso: “Si quiero, sé limpio…” (Mateo 8:3), y fue sanado. El mismo que levantó paralíticos y calmó la tormenta.

Estas palabras Cristo las pronunció cuando estaba en el Huerto de Getsemaní. Un lugar que acostumbraba visitar. En esta ocasión, está en este lugar buscando al Padre, en un momento de decisión: “hago mi voluntad, o la voluntad de mi Padre”. Esta oración no era de desconfianza hacia Su Padre, porque sabía que el Padre era capaz de salvarlo, sino era una oración que anticipaba un dolor físico, emocional y espiritual cruel e insoportable; y como humano, quería “pasar de él esa copa”. Sin embargo, entendía que la voluntad del Padre era mejor que Su voluntad.

El discípulo de Jesús se encontrará en estas circunstancias en diferentes momentos de su vida. El Getsemaní representa un momento de decisión que marcará el resto de tu vida: hacer la voluntad del Padre tu voluntad. Todos los seguidores de Cristo necesitamos pasar por momentos tipo Getsemaní.

Para poder hacer la voluntad del Padre, debemos decidir morir. Morir a nuestro “yo”, y rendir nuestra voluntad a la voluntad de Dios.

El apóstol Pablo dijo una vez:

Gálatas 2:20 (NTV): “Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

El precio de seguir a Jesús y hacer Su voluntad, es la muerte. Este concepto no es muy popular hoy día pues el sistema y los valores de la cultura te impulsan a satisfacer tus deseos, por sobre todas las cosas; a pensar en ti mismo, no en entregar tu vida a la voluntad de otra persona. Debido a que Jesús decidió hacer la voluntad del Padre, a pesar del precio que esto iba a significar, tú y yo tenemos vida eterna y esperanza en esta vida.

¿Qué pasaría con tu vida si decidieras dejar de vivir tu vida para ti mismo solamente, y decidieras entregarla para cumplir la voluntad del Padre?

Jesús “iba a ver el fruto de la aflicción de Su alma e iba a quedar satisfecho” (Isaías 53:11). Fijó su mirada en el fruto y los resultados de su entrega: nuestra redención.  Somos más útiles en las manos de Dios cuando decidimos rendirnos. Anticipa el fruto de tu rendición: ser usado por Dios como instrumento de bendición para muchas personas, muchas más de las que puedas imaginar.

Para meditar y actuar: ¿has rendido completamente tu voluntad a Dios? ¿Existe algún área de tu vida que no has querido entregar a Dios para cumplir Su voluntad? Si tu deseo, como discípulo de Cristo, es hacer la voluntad del Padre, te invito a tener un momento de Getsemaní privado: tú y Dios, y rinde tu vida por completo.

Abraza la cruz, abraza la voluntad del Padre, porque es “buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:2). Su voluntad es mejor de lo que tú pudieras planear para tu vida. Si decides abrazar y vivir por la voluntad de Dios, Él te fortalecerá para que cumplas Su voluntad.

“Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada”. Juan 8:29 (RVR1960)